Penumbra

5.0.2

 

Historia: fragmento de ‘Suspiro’, primer capítulo de ‘La última lágrima’, de Adelaida Bordés ( 2010).

Actriz: Aitana Sánchez Gijón.

Música: Moonlight Sonata, Beethoven.

Vestuario: Roberto Cavalli, I.D. Sarrieri, Rosamosario, La Perla, Dolce & Gabbana, Nina Ricci, Carine Gilson, Maiyet y Rupert Sanderson

Localización: Palacio Lazaga (San Fernando, Cádiz).

 

Aquella noche Victoria se enfrentaba a una más, una de tantas igualmente padecidas, interminable, una noche con el único adorno de un caminar lento, como una peregrinación triste, como un desfile incansable de la soldadesca invisible de minutos que salían del reloj enfilados hacia el alba, lejano e inalcanzable. Sentada en la cama, los ojos abiertos y el cuerpo dolorido por haberlo sometido a la disciplina cuartelera de mantenerlo quieto, se distraía ideando un plan para tender una trampa inocente al sueño y emparejarlo durante unas horas con la oscuridad. Victoria confiaba en esa distracción. Quería aferrarse a ella para poder cerrar los párpados aunque solo fuera un rato. Una y otra vez lo intentaba pero por aquel fondo oscuro aparecían fucilazos y sombras que disfrazaban caprichosamente la negrura. Sin poderlo evitar, volvía a aparecer el desvelo. Por él barzoneaban imágenes, ideas y un sin fin de palabras que ella se encargaba de enlazar. Al principio, cuando comenzó este calvario, apenas llamaba su atención, pero en cuanto tomó conciencia lo asumió como un milagro, un prodigio que le regalaba cada noche en blanco, como desagravio por las molestias causadas y sufridas en silencio al amparo de la penumbra. Era lo único bueno, lo único positivo que le aportaba la vigilia porque era el pensamiento quien hablaba, era su mente quien la dominaba para expresarse como un personaje de novela creado por la pluma de un escritor malhumorado, enloquecido. Ella, sin oponer resistencia, se dejaba arrastrar por esta corriente que surgía de ninguna parte, que brotaba como una fuente inagotable que se estaba convirtiendo en una costumbre, en una obsesión. –La madrugada vela los sueños. Extiende sus brazos para acoger los pensamientos más recónditos, alimenta con silencios y susurros las ilusiones de los durmientes. Desdibuja, con un pincel azul impregnado de olvido el horizonte de las almas quietas, encerradas en una cárcel hecha de huesos y piel, almas poseídas por el ansia incontenible de una liberación escondida tras el puente que une la tierra con el espacio, la realidad con la fantasía, lo tangible con la quimera-.

 

Vestuario Penumbra

 

Victoria hacía esfuerzos sobrehumanos para contenerse, mordiéndose la lengua, uniendo los labios hasta notarlos acorchados, pero era inevitable. Cada vez, con más frecuencia, se sorprendía hablando con el aire, lanzando palabras, aquellas que en un principio encerrara su interior para engancharlas a las ondas que surcaban el espacio. Las imaginaba libres, como ella quería ser, fuera de la atmósfera asfixiante del dormitorio. Todas formaban las cuentas de un rosario rezado al viento. Aquellas parrafadas a nadie, apoyadas en una filosofía tan particular como de escaso valor, aquellos argumentos, en apariencia, insustanciales asomaban cuando ella se enredaba en una malla invisible y oscura, tejida con el hilo fino devanado de la bobina del insomnio irremediable, por cuyos agujeros huía la desesperación. Con fiereza cerraba los ojos, los apretaba ayudándose con las mandíbulas. Oía el rechinar impertinente de las muelas. Notaba el débil abultamiento de las mejillas, pero eran los párpados quienes la castigaban despiadadamente al volverse transparentes, al iluminar la parte de oscuridad que solo a ella le correspondía, al negarle la entrada en el territorio del misterioso Morfeo. El reloj dejaba escapar los latidos de su corazón de metal, martilleando la quietud con su tictac firme y quedo, mientras Victoria lo adornaba con bostezos fingidos y suspiros entrecortados. Por enésima vez miró los doce puntos verdosos, fluorescentes, dispuestos en círculo, con las manillas desplegadas en diagonal (…).

 

Patio Palacio Lazaga

 

(…) Cansada de adoptar posturas incómodas, envuelta en unas sábanas ya sin calor abandonó el lecho. Tenía el cuerpo estropeado y las articulaciones desvencijadas, como si hubiera sufrido en sus carnes el pateo interminable de una manada de hipopótamos. Arrebujada en la bata se dirigió a la ventana. Le pareció estar frente a un escaparate sobre el que hubieran vaheado miles de bocas templadas. Con el dedo dibujó un monigote gordo, con la cara redonda, los ojos torcidos y una sonrisa abierta por la que asomaba un único diente. Victoria contemplaba cómo los trazos se iban deshaciendo sobre el cristal, cómo las gotas se volvían hilos de agua que resbalaban muy despacio, cómo se iba derritiendo el tiempo. El muñeco había desaparecido. Se había transformado en un garabato húmedo a través del cual, Victoria, podía ver los anuncios luminosos de la avenida envueltos en una bruma espesa que desparrama brillos de colores. Las farolas, tímidas, escondían sus cuellos largos de jirafa metálica, aureolando sus cabezas huecas cubiertas de vidrio, todas en fila, paradas como una procesión en estado de permanente penitencia. –La calle duerme mientras la noche detiene la vida. La noche envuelve con un velo negro la calle vacía, bonita y triste, sin el barullo de la gente y el ruido de los coches-, dijo al sentarse a los pies de la cama. Se quedó con la mirada suspendida, muy arriba, sin tener noción de ello por la penumbra (…) mientras una lágrima escapaba de sus ojos.